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Barcelona

El ‘top manta’ toma el centro en el inicio de la campaña navideña

La presencia de manteros se multiplica en el centro de Barcelona. Los vendedores ambulantes están tomando la plaza Catalunya, sobre todo el lado Llobregat, sobre todo por la tarde. Hasta ahora, de tanto en tanto, podías tropezarte allí con una veintena de mantas. El viernes, sin embargo, podían contarse unos 60 improvisados puntos de venta. Y el domingo un centenar. En estas fechas abundan los relojes, los complementos y las prendas de abrigo. Las camisetas de Messi no destacan tanto.Y es que cada día hace más frío, el turismo de sol y playa da paso al de compras, la temporada navideña está a punto de comenzar y entre las penumbras de la tarde apostarse en el paseo Joan de Borbó ya no es tan atractivo. Y las administraciones se muestran más impotentes que nunca. El top manta se está consolidando en el centro como ya lo hizo frente al mar.

“El top manta funciona como una empresa, se adapta a las temporadas –dice Fermín Villar, de la Plataforma de Afectados por el Top Manta, que aúna unas 30 asociaciones ciudadanas, agrupaciones profesionales y grupos de presión–. Cuando sale el sol los manteros se ponen frente a Joan de Borbó, pero ahora sus puntos fuertes son la plaza Catalunya y los alrededores del monumento a Colom. Y en la Rambla crecen los itinerantes que se pasean por las terrazas. Calculamos un millar de subsaharianos se dedica ya a la venta de falsificaciones, y quizás otros mil de varias procedencias a la de souvenirs, baratijas, collares... La dejadez de las administraciones es tan grande que ya no se atisba una solución ¿dejas ahora a toda esta gente sin su modo de ganarse vida?”. Gabriel Jené, de Barcelona Oberta, de los principales ejes comerciales, señala que ahora su mayor preocupación es la inseguridad, pero que estos días también vieron a algunos manteros en la Rambla Catalunya y el paseo de Gràcia. “Todo es fruto de la falta de cuidado del espacio público, y en unas fechas muy importantes”.

El vestíbulo de Rodalies de la plaza Catalunya se convierte a diario en un zoco muy bien surtido de falsificaciones
El vestíbulo de Rodalies de la plaza Catalunya se convierte a diario en un zoco muy bien surtido de falsificaciones (Àlex Garcia)

En realidad la toma de la plaza Catalunya ya se produjo. Los guardias urbanos inquietan a los manteros, pero no los amedrentan. Los más veteranos siempre se sitúan en el centro de las calles que dibujan las mantas. En caso de redada los últimos en llegar, los de los extremos, pagan el pato. Aquí el número de asiáticos que venden imanes a un euro es muy inferior al de Joan de Borbó. De repente, un coche de la policía municipal comienza a circular muy despacio junto a la terraza del Zurich, acera arriba. Los subsaharianos recogen y bien agrupados se dirigen hacia las bocas de las estaciones de Rodalies y el metro. Los subterráneos de la plaza se convirtieron en su refugio. En los túneles se sienten a salvo. La clave está en mantenerse en grupos.

El fruto de la dejadez

“¿Y ahora como puedes dejar a toda esta gente sin su modo de vida?”

“Aquí abajo vendes menos, pierdes el tiempo –dice un mantero en el andén de la línea 3 del metro, tras los torniquetes de acceso. Otros se acomodan en los escalones, otros disponen sus artículos junto al ascensor. Son una docena. Entretanto los pasajeros vienen y van–... Aquí abajo te pones hasta que estás seguro de que la policía no va a hacer nada en la plaza. Aquí la policía no entra. Este trabajo es una porquería. Estresa mucho estar siempre pendiente de la policía. Si pudiera haría cualquier otro trabajo”. Entonces seis guardias de seguridad de Transports Metropolitans de Barcelona (TMB) intercambian unas pocas palabras con los vendedores. Algunos recogen y se marchan. Otros no. “Yo me quedo porque este es mi sitio –sigue el mantero–. Los vigilantes nos dicen que hemos de dejar espacio a la gente. A veces alguno ha de irse”. Luego, cuando están convencidos de que la policía no se atreverá a montar una redada en la plaza más transitada de la ciudad, a generar una estampida de docenas de fardos blancos, los manteros vuelven a la superficie, a la vez, en grupo.

Un vigilante de TMB dice que sí, que si ve a alguien colándose lo multa, que si se cruza con carterista en acción lo retiene hasta que viene la policía... y que si se encuentra con un mantero le pide que se ponga a un lado, que no ocupe los caminos para invidentes, que en las horas punta cubra la mercancía unos minutos para que nadie se detenga... “Todo depende de nuestra buena voluntad –tercia otro empleado de TMB–. Algunos negociamos con los manteros, otros no ¡y la de veces que llamo al centro de control y no viene nadie! Es todo política. El Ayuntamiento prefiere no hacer nada”. Fuentes de TMB dicen que se trata de un problema muy complejo, que la función de sus vigilantes es dar parte al centro de control de cualquier incidencia que pueda afectar a la seguridad de los pasajeros, y que luego el centro llama al teléfono de emergencias.

El top manta ya llega hasta los andenes de la estación de Plaça Catalunya
El top manta ya llega hasta los andenes de la estación de Plaça Catalunya (Àlex Garcia)

Es el mismo protocolo que sigue Renfe en la estación de Rodalies de la plaza. Aquí se encuentra el mayor refugio subterráneo de los vendedores. Aquí al mediodía varias mujeres reparten tarteras con guisos senegaleses. Aquí fue donde en verdad los manteros comenzaron la conquista de la plaza. Fuentes de la compañía detallan que en la pasada Navidad establecieron un protocolo con las policías autonómica y municipal, que cada vez que Renfe detectara un problema de seguridad llamaría al 112. “Habremos hecho unas 700 llamadas, pero el problema continúa. Y el problema es que los manteros ocupan las vías de evacuación de la estación”. Setecientas llamadas, unas tres al día. Y si uno se queda un rato en el vestíbulo acabará viendo una pareja de mossos paseando entre las mantas. “Nadie puede hacer nada –dicen algunos vigilantes de Renfe– ¿Cómo desalojas a cien manteros? Es que vienen todos a la vez, y lo único que puedes hacer es pedirles que no se pongan en las escaleras, en las máquinas expendedoras... Algunos te hacen caso, otros no. Aquí vienen a relajarse, aquí abajo están más tranquilos”.


Fuente: La Vanguardia

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